viernes, 16 de diciembre de 2016

Víctor Villa Mejía y su mirada de las fiestas de la danza y el sainete en Girardota


Victor Villa es autor de varios libros entre ellos: Pre-ocupaciones, Poli-sinfonías y Sobre entendidos, el último que publicó fue  Sainete: del entremés al musidrama. Además,  es un lingüista activo, así se haya jubilado en el 2010 de la Universidad de Antioquia.


Víctor Villa es girardotano.  Tiene dos hijos. Desde que se jubiló lee en Internet columnistas de la prensa nacional. Después siembra y ve la televisión. 

Cada vez sale menos de su casa. Y cuando sale lo hace a cosas muy precisas. Una de esas salidas de Victor fue a la Biblioteca Pública Municipal de Girardota. Aunque la frecuenta poco y haya sido uno de sus fundadores.  Buscó el Quijote de la mancha e hizo algunas anotaciones. Antes de retornar a su casa le solicitamos que nos hablara un poco sobre las fiestas de la danza del sainete en Girardota. Su palabra, con el cuidado de siempre, fue clara y reflexiva. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Juan Camilo Betancur E. y su Sociedad de muchachos invisibles




La sociedad de los muchachos invisibles es la primera novela de Juan Camilo Betancur. El texto está ilustrado por Tobías Arboleda, que logra darle, con sus trazos, un atractivo singular a la obra. Es un texto que lo narra un personaje cercano a los cincuenta años y cuenta sus peripecias en la adolescencia. Desde esta edad puede reflexionar con más herramientas lingüísticas sobre su dificultad de encontrar su lugar en el mundo. Este hecho, lo llevó a sentirse que no era tomado en cuenta. Por lo tanto, funda una sociedad de chicos incomprendidos dispuestos a ajustar cuentas con la realidad que habitan.
Esta novela se publica gracias a la Convocatoria Pública en Cultura y Patrimonio 2016 otorgada por el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia. 
El lanzamiento se hará el próximo 7 de diciembre a las 4.00 pm en el auditorio de la Biblioteca Pública Municipal de Girardota. 

A continuación, el capítulo cinco de la novela. Esperamos lo disfruten. 


5
Hay imágenes que uno ve continuamente y con los años logra darles un sentido. Es como si viera de nuevo lo mismo. Por ejemplo, de joven, las veces que me quedaba en el jardín, observé este episodio: una abeja pasaba por una flor y luego partía. Como si entre ambas hubiese un acuerdo, un equilibrio. Algo así sucede con el amor. Las personas se encuentran para compartir un tiempo determinado. Así como la abeja se traslada a otra flor, uno encuentra otra persona. Sin embargo, en la juventud uno no entiende esas cosas. A esa edad el amor, o lo que se cree que es, es una sensación corporal que se conoce cuando se experimenta. Y yo deseaba en lo más profundo encontrar esa compañera que me ayudara a entender las ganas incontrolables de poder entrar en el misterio que esconde la ropa interior; y más me ensoñaba en el roce de la piel, en el beso prolongado, en la caricia lenta… Entre tanto, lo que proyectaba en mi imaginación eran ensoñaciones que no dialogaban con la realidad. A esa edad, la fuerza misteriosa del deseo te asalta y te precipita y te hace creer que la urgencia de piel es un sentimiento incontenible. Como no hay una experiencia corpórea que ayude a diferenciar el deseo del amor crees que el frenesí es elevado y profundo. Entonces empiezas a contradecirte sin importar lo que suceda porque vas como un cohete tras una ilusión, tras un espejismo. Por esos días había llegado al pueblo una mujer hermosa e inalcanzable para mis atributos. Ella vivía en las afueras. Su casa estaba ubicada al frente de una montaña, rodeada por un cafetal. La primera vez que la vi ella iba con un vestido y unas gafas oscuras. Al verla todo se paralizó porque ella era el movimiento. Su figura era un espectáculo. Su cuerpo se balanceaba de un lado a otro con movimientos serpenteantes. Por donde pasaba, como si tuviera una fuerza magnética, los hombres la miraban. Empecé a seguirla con cierta distancia. Conocía un camino que llevaba a un lugar estratégico en la montaña, entre los cultivos de café. Cierta vez vi a varios chicos merodeando, entre ellos, Ramiro. Me acerqué. Dejé la bici escondida. Conocía el terreno como la palma de mi mano. Se me ocurrió la idea de un fantasma. Cuidadosamente me quité la camiseta blanca y la amarré en un extremo de una vara de unos dos metros de larga. Introduje otras varitas más delgadas por las mangas de la camisa y las amarré. Después recolecté un buen arsenal de piedras que apilé en lugares estratégicos. Alcé la vara con la camisa y la sostuve de la horqueta de un árbol. Esperé a que Ramiro y sus amigos estuvieran cerca. A los minutos un chico que no conocía se detuvo en su bici y al instante gritó. Los seis muchachos se detuvieron. Con una piedra en la mano apunté a una de las bicis. El proyectil se estrelló contra una de las llantas. Ellos gritaron al ver un ser extraño moverse. Corrí tras ellos, por entre el cafetal, tirándoles piedras y con dolor de estómago de reírme. Esperé a que estuvieran lejos para buscar la bici y pasé tranquilo y victorioso por la casa de la vecina.
Durante días la vigilé hasta que una tarde, un hombre, el dueño de un billar, llegó a su casa y la saludó besándola en la boca. Entraron. A los veinte minutos salió el hombre arreglándose la cremallera y se fue. A los días volvió otro hombre distinto y sucedió lo mismo. No entendía lo que pasaba, pero sentía que ninguno la quería como yo por lo que decidí tomar cartas en el asunto. Una tarde, cuando volvía el dueño del billar, repetí lo del fantasma. Pese a todo, el hombre sacó un machete y buscó el espanto. Corrí cafetal arriba. Cuando creí que me iba alcanzar tropecé y caí en un hueco. Me llevé las manos a la boca para evitar que escuchara mi respiración. El hombre pasó cerca maldiciendo. Cuando se fue, a los minutos, salí afligido del agujero. 
Una mañana ideé un plan para llegar hasta ella y confesarle mi amor. Así, los otros hombres la dejarían en paz. La clave estaba en el semen. En el baño me eché jabón en el miembro. Me estregué… Quedé limpio y sin deseo. El líquido quedó en la palma de la mano. Lo miré. Lo volví a mirar. Mi deseo olía a eucalipto y almidón. Consideré que así como las flores huelen nosotros también tenemos aroma. Como las flores trasmiten en su olor tranquilidad y armonía yo podría trasmitir amor y deseo. No sentí descabellado acudir a mi fragancia. Pensé: “En mi olor, sin necesidad de palabras, quedan mis intenciones y la vecina, sin darse cuenta, las absorbe. Entonces mi aroma va directo a su cerebro donde mi deseo se mezcla con sus pensamientos y de golpe me ve más atractivo”. De esta forma, la vecina sabría el motivo de la visita. Mientras imaginaba lo que podría suceder me eché una gotita del líquido detrás de la oreja, en el cuello, en la coyuntura del brazo y el antebrazo. Salí del baño y silbando me peiné, me vestí y me despedí de mamá. Monté en la bici. Dejé mi vehículo estacionado en el corredor de su casa. Ella estaba lavando ropa en un tanque que tenía a un extremo una superficie plana, roñosa, en la que estregaba cada prenda enjabonada. Al verme sonrió y siguió en su tarea. Su cuerpo se insinuaba bajo el vestido. Su piel se veía un poco más oscura con el reflejo del sol. Sus omoplatos danzaban al ritmo del sonido de sus manos al estregar la ropa. Sus caderas, anchas, se balanceaban lentamente…

―Hola, hasta que te animas a entrar. Dime, en que puedo ayudarte ―dijo sin mirarme, pero me asusté porque no sabía qué decir.
―Ehhh… es que-que yo… ehhh… vine a sal-salvarla de todos esos hombres...
― ¿Cuáles hombres?
―Los que-que te visitan.
―Ah… entiendo… de modo que has estado observándome. Eres un chico malo. Y no te preocupes que esos hombres, como los llamas, no me molestan. Ellos, como tú necesitan, quién los reprenda ―afirmó mientras colgaba la camisa que enjuagaba de un alambre y se sentaba a mi lado.
―Entonces ellos no… la mo-molestan.
―Ahora, dime, ¿cómo pensabas defenderme? ―expresó cerca de mi oído. Sus palabras dulces como terroncitos de azúcar en los tímpanos.
―Bueno, creo que te defende-dería siendo tu novio ―repuse con voz temblorosa y con un ardor en el estómago.
―No creo que tu mamá esté de acuerdo con que me visites. Deberías estar con mami y no aquí buscando lo que no se te ha perdido. Ahora dime, cómo te llamas ―respondió mientras pasaba su lengua por mi oreja.
―Florentino… ―sentí su aliento y de inmediato tomé una de sus manos y la llevé entre mis piernas. Ella apretó con tanta fuerza que grité: ¡Basta! Con los ojos encharcados tomé la bici y marché. Llegué a mi cuarto y me encerré a mirar el techo. Al rato llegó la vecina y habló con mi madre:
―Florentino abre la puerta que necesito hablar contigo ―dijo varias veces mamá. Cuando salí la vecina me miraba con una sonrisa infantil y maliciosa. Esperaba que me disculpara. Argumenté que no la había ofendido. Por tanto mi madre se enojó y me ordenó volver a la habitación. También estaba molesta porque la mamá de Ramiro le había dicho que yo lastimé a su hijo. Estuve llorando un rato. Aproveché un descuido de mamá y salí de casa imaginando que me largaba para siempre. Caminé hasta una manga y subí a un naranjo. Tomé una naranja y con los dedos le quité la cáscara. El sumo bajó por mi antebrazo. Deseé irme de la casa porque mamá no entendía que eran inevitables esas ganas del cuerpo de la mujer. De poder manejarlo no me sentiría tan solo. Estaba solo. Nadie podía entenderme. Mi soledad dolía. Era como una enfermedad incurable, un tipo de cáncer para el cual no existía medicina. Cuando me calmé y volví, mamá estaba sentada en la sala, frente a una veladora. Me dijo que me hiciera al lado de ella. Después tomó una de mis manos. Preguntó qué me pasaba. Estuve callado. Habló de Dios y respondí que él no me escuchaba. Pues se había llevado al abuelo, había confundido a mi padre y a mí me impedía acercarme a cualquier mujer. Mi madre se ofendió y volvió a enviarme al cuarto.
Entré a la habitación y cerré la puerta. Me cubrí con las cobijas hasta la cabeza y de tantas cosas que imaginé para escaparme de la casa me fui quedando dormido. 
A la mañana siguiente, en el colegio, Jairo me acompañó a la casa de la susodicha. Observamos un rato. Jairo se acercó con sigilo hasta la puerta. De su bolsillo extrajo una navaja y un alambre. Los introdujo en la chapa y abrió sin dificultad. Vi una cama y sobre la baranda unas tangas azules. Jairo sonrió y las guardó en uno de sus bolsillos. Luego revisó en la mesa de noche. En ese momento sentimos ruidos. Empecé a temblar. Jairo me indicó que lo siguiera. La mujer abrió la puerta de la cocina. Aprovechamos para escapar. Llegamos a un arroyo y Jairo me entregó las tangas. 

―¿Qué hago con-con ellas?
―Ese es tu asunto. Las puedes oler en la noche y pensar en la dueña. Como quieras… eh… podemos hablar de otra cosa… mira… Florentino, quería contarte algo. Es que mi abuela ya está muy anciana y sola. Mi papá hace años no me visita y mi mamá vive con otro hombre. Mi abuela dice que el papá de Carlos puede darme trabajo. Yo no quiero trabajar. Quiero conseguir dinero, mucho dinero, comprarme una casa, varios carros, y sin trabajar. Mi abuela no entiende. A veces me siento tan solo. A nadie le importa lo que yo haga. A veces quisiera que mi mamá me reprendiera como lo hace la tuya. A veces, y esto es extraño, parece que nadie me ve.
Ante esa declaración sentí en el pecho una especie de aguijón. Hay momentos en que las palabras no ayudan para la angustia, sobre todo cuando es una sensación compartida. Lo único que hice fue acostarme sobre una roca. Cerré los ojos. Escuché el agua del arroyo: su cauce como viento líquido. Jairo también se acostó y observaba una tela de araña donde una mosca intentaba escaparse. La araña acudió al instante y la inmovilizó. Mientras tanto, me llevé las tangas a las narices. Respiré profundo. Un olor a blanqueador y a pétalos de rosa entró por las fosas nasales. Imaginé que era una abeja que le extraía la miel a la flor azul que tenía en mi rostro.



viernes, 25 de noviembre de 2016

Marco Bandoneón



Hay artistas que hacen a artistas y son como los descubridores, los que acompañan en la primera etapa de la creación. Hay otros que se hacen con la disciplina y logran sus sueños después de convertir la práctica en un acto espontáneo. Los más comunes, son aquellos que tienen más ganas de figurar que crear y se hacen los mercaderes de una obra imaginada, abundan en los banquetes, en los actos públicos y son los menos recomendables porque son como una especie de daño estomacal. Sin embargo, hay otros que nacen artistas y desde niños juegan a representar un sueño y hacen de la disciplina un juego muy serio; tanto, que a muy corta edad obtienen una madurez artística que los hace perseguir la felicidad por medio de un oficio noble y dignificante. Estos últimos son los mejores, los indispensables, a los que pertenece Marco Blandón. 

Llegué a la casa de Marco y me recibió con un café, debo decirlo, de alta calidad. Sacó un montón de aparatos para prepararlo, como un ritual. Nos sentamos en la sala y empezamos a hablar. 

Marco Blandón desde infante recibió del núcleo familiar el amor necesario para que su sueño se gestara. Contó con la plataforma emocional para evolucionar espiritual y artísticamente. Pues, su adolescencia no fue el desgaste energético de sentirse incomprendido. Al contrario, fue la posibilidad de encausar toda esa energía en un proceso creativo, después de que su abuela le diera una guitarra a los trece años.

Marco es autodidacta. Aprendió desde la pasión. Es un hombre propositivo que invierte su tiempo en su disfrute y desde ahí, la vida o el universo, le ha dado la oportunidad de encontrar su lugar en el mundo. Por ello, entró a la Universidad de Antioquia en el 2003 a estudiar guitarra clásica. Luego desiste porque no era lo que quería, así lo hubiera imaginado. Lo aburre, de manera implacable, la academia. Y sin méritos ni gloria logra graduarse. 

Cuando no disfrutaba su estudio se preguntaba sobre su destino y como una respuesta llegó un cd de Astor Piazzola. Un regalo que le hizo su compañera. “Lo escuché y eso fue mágico, la primera canción fue Adiós Nonino. Ahí fue donde empezó ese sueño de saber más sobre el bandoneón”, dice.

Marco, como todo buen soñador, se dedicó a sus obsesiones. En este caso, a un instrumento del que se tenía pocas noticias en la ciudad. Intentó conocer un bandoneonista y sin resultado. En esa búsqueda se enteró de que iban a formar una escuela de tango en Medellín. Ingresa con el condicionante de que solo podía tocar el bandoneón dos horas a la semana. Era una especie de tortura. Hasta que conoce a Pablo Jaurena, bandoneonista argentino, quien se convierte en su mentor.

El Bandoneón es un instrumento de viento aerófono (que suena por la vibración producida por una columna de aire). Fue diseñado en Alemania a comienzos del siglo para hacer música religiosa. Tiene 38 botones para el registro agudo y 33 para el grave. Cuando se abre el fuelle cada botón oprimido genera un tono y cuando se cierra el fuelle el mismo botón emite otro tono. “Hay que utilizar mapa para tocarlo”, concluye Marco, después de que su familia, sus amigos y maestro le ayudaron a conseguir uno. 

Después conforma El quinteto F31, nombre de la marca del avión en el que viajaba Gardel el día de su muerte. Con el quinteto Marco estudia y vive ese sueño que tenía de pequeño de estar en un escenario. Cada día se despierta con la alegría de hacer lo que quiere y de tocar tango, una música muy popular, de la calle y melancólica.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Fernando, el mochilero de espíritu




“El objetivo de viajar no es sólo conocer tierras extrañas, sino que en última instancia se pueda volver y ver al propio país con extrañamiento”. G. K. Chesterton

En Girardota, como todo pueblo, existen esos personajes enigmáticos, que lastimosamente se hacen cotidianos. Personajes que recorren las mismas calles día tras día. Uno de ellos es Luis Fernando Gómez, más conocido como “El caminante”. 

Se le dio este apelativo por sus viajes, tal vez el más importante fue el que hizo por el continente donde fue marinero, durmió en iglesias, tuvo sus romances, sus aliados y sobre todo, se las vio consigo mismo. Aprendió que en la vida, cuando se toma una decisión, es importante dar el primer paso. Después, no mirar hacia atrás. En esa medida, sus pensamientos iban dirigidos a un mismo propósito: seguir el camino. Tal vez, eso mismo hizo el brujo de “Otra Parte” de Envigado-Antioquia, en su inolvidable “Viaje a pie” cuando dijo: “el pensamiento es un lujo aún, una función novísima en el reino animal”. Por ello, lo importante en el viaje no es destino de llegada, sino el recorrido. Por algo, en ese recorrido se descubre que lo importante no son las millas, sino los amigos y lo que se puede pensar con ellos. Así también, la amistad es otro privilegio del reino animal. 

Cuando Fernando llegó a Girardota durmió en las afueras, bajo un puente. Después de observar distintos lugares, costumbres, climas, podía ver con más claridad aquello que los girardotanos ignoraban por no haber salido de casa. Sin embargo, sus puntos de vista se fueron quedando en el recuerdo. Pues con el transcurso de los días, sus historias se hicieron cotidianas. 

Luego, se fue integrando a la dinámica del pueblo y llevaba tintos a la alcaldía, hablaba con los transeúntes, con los comerciantes, los estudiantes, los políticos, los universitarios…, leía algunos versos sencillos de su autoría. De esta forma se conseguía lo suficiente para su sustento. Una libra de panela, una libra de arroz, el café… 

Más tarde se instaló en la vereda Jamundi, en la parte alta. Desde allí, todos los días caminaba y camina hasta el casco urbano. 

Ahora es librero. No siempre le va bien porque la gente prefiere invertir sus finanzas en aquello que los hace creer que los exalta, aquello que busca la experiencia máxima… y lo que persiguen es el abismo y el hastío. Decisión respetable. Aunque esto ponga en aprietos a los libreros como Fernando, porque su negocio es con el conocimiento y el conocimiento es revelador y desacomoda. Empero, Fernando no desfallece, al final llega el lector indicado. Pues todavía quedan aquellos seres, que como lo expresaba hermosamente Borges, no se imaginan un mundo sin libros. 

martes, 8 de noviembre de 2016

El maestro Jorge Maurer y el derecho a ser feliz

 
El maestro Jorge Maurer es de esos seres que es imposible de definir porque su sabiduría radica en el ahora en movimiento. Más que un cúmulo de conocimientos almacenados, su maestría consiste en vivir y ser feliz. Los datos en él se gestan desde su experiencia de vida.

Maurer es argentino y desde hace 62 años enseña a conectarse con la luz interior. Su primer discípulo lo tuvo a los tres años. Era un tío, psicólogo, quién empezó a hacerle preguntas y se asombró con la claridad de las respuestas. Debido a ello, se abrió pasó entre las grandes personalidades argentinas que lo recibieron con gran curiosidad y respecto. Entre ellas: Julio Cortázar, Ernesto Sábato y Charly García. 

Desde muy chico tenía claro que era una equivocación querer aplicar los pensamientos de otros a su vida. Por eso, ha seguido su propio camino, el de sus inclinaciones más íntimas. Quizá, por tal motivo, le gusta la respuesta directa y evita el discurso laberíntico. Como Fernando González, enseña a dejarse influir solo por la vocación o la voz interior. En la actualidad tiene grupos de meditación en Caracas, Medellín y otras ciudades alrededor del mundo. 

Su palabra es clara. Parece sacada de la literatura sánscrita. Como si fuera parte de Los rishis, o sabios de la antigua India, que con la palabra transformaban la realidad. Por lo tanto, la palabra es sagrada. Por ello, el poder creativo de la voz se expresa claramente en sánscrito, donde vac, voz, es a menudo considerado como sinónimo de Shakti, que es la energía creativa, el poder de manifestación. Las preguntas son: ¿Qué creamos con la palabra? ¿En que nos enfocamos cuando decidimos hablar de lo que consideramos importante? ¿Aceptamos la palabra como un vehículo para llevar lo mejor o lo peor de nosotros mismos? ¿De qué hablamos cuando hablamos?

En fin, son muchas las reflexiones que surgen al escuchar al maestro Maurer. Tal vez, utilice el método de la antigua Grecia; es decir, el dialogo que intenta construir cotidianidades más que conceptos. O tal vez, como el milenario Confucio en el siglo IV antes de Cristo, no le interesa hacer nada extraordinario para buscar adeptos. Lo único que busca es vivir en armonía con su entorno y con su ser interior. Escucharlo es como un despertar. Es como si dijera de nuevo cada cosa que nombra: 

“Entendí que es lo que tenemos que sanar, liberarnos y trasmutar. Escuchen, no es el apego a nuestros hijos, a la pareja, al dinero… ¡Eso no es! Es del apego al sufrimiento, a los miedos y la culpa. Pues ¿Cuál es la gracia de desapegarnos de nuestras parejas o hijos? ¿Cuál es la evolución de eso? Eso es deshumanizarnos y desensibilizarnos. No hay beneficio en ello. Hay beneficio al liberarnos de los miedos y los más grades son: El miedo a vivir, a ser feliz y a tener una vida plena. Si se escarba un poco en la consciencia de la persona lo que tiene son estos miedos. Teme manifestar todo su potencial de felicidad, salud, bienestar y prosperidad. Lo que está es apegado a los miedos, a los sufrimientos y a la culpa.

El perdón es una decisión. Me explico, todo aquello que cargues de los otros dentro tuyo te transforma en algo igual que aquel o aquella que no perdonas. Lo peor que te puede pasar es que eso se quede dentro y no es cuestión de resignarse, sino de perdonar. Cuando perdonas al otro el mayor bien te lo haces tú y si no lo peor del otro se queda en ti y el otro se lleva tu amor. Por ello, ¿cómo vas a recibir en consciencia la divinidad o al Supremo con el corazón sucio, con el corazón ocupado por el resentimiento, el odio, los celos y los daños que recibiste?”

viernes, 14 de octubre de 2016

Mauricio Hoyos Muñoz y su Sinfonía Estelar


“Un buen viajero no tiene planes fijos ni tampoco la intención de llegar” Lao Tzu



Sinfonía Estelar es la primera novela del escritor y periodista Mauricio Hoyos. La publica la editorial Zarigüella Cartonera. Además, cuenta con la participación de Tobías Arboleda, que con sus dibujos le da una atmósfera alucinada y fuera de órbita. 

Es una novela corta, de ciencia ficción. El texto es sobre un viaje, así sea estelar. La nave en la que va el personaje-escritor (Mauricio) va hacía Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano al Sol que está a unos 4,37 años luz de distancia. 

Como en todo viaje, la trama es rica en intimidad, paisajes, climas, gastronomías, peripecias, aliados, hallazgos, ritmos y referentes. Por algo, desde la Odisea, la literatura de viaje se hace relevante es con el retorno, más que con el mismo viaje. En Sinfonía Estelar ocurre algo similar. Aunque el personaje no vuelve al lugar de partida: el planeta Tierra, si vuelve a un recogimiento interno al evocar constantemente el pasado. Por algo, la palabra “nostalgia” es tan relevante en el texto. En este recogerse en lo recordado vive en sueños y soliloquios. Y para no perderse en sus elucubraciones aparece el personaje I.A. Maya, (inteligencia artificial). 

A los viajes, los importantes, los que desacomodan al personaje y lo transforman, los rigen cuatro momentos. En Sinfonía Estelar se dan tres momentos. El cuarto momento, en esta novela, es una insinuación o una continuación de la segunda parte. 

El primero: el viajero es cualquier hombre, le gusta lo que ve pero no se unta de lo visto. Está lleno de teorías y no sabe aterrizar al uso personal. Se evidencia con las múltiples conversaciones de Mauricio-personaje con Maya. En esos diálogos, en algunas líneas, se muestra inseguro y su imagen de sí está por reconstruirse. 

El segundo: el viajero después de entender que hay que morir en los recuerdos debe aceptar su soledad. Este momento permanece hasta el final. Pues, es un personaje que no conserva a un personaje segundario durante muchas escenas. Sus aliados desaparecen. Incluso, él se desconecta de su seguridad. En este momento las referencias literarias parecen ser su única compañía. Por ejemplo, los guiños que le hace a Ray Bradbury, Kafka, kerouac, entre otros. Es como la forma en que el personaje acompaña su soledad intergaláctica. 

El tercero: no todos llegan, el viajero se ve la cara a sí mismo y después del espanto reconoce el poder de las fuerzas del azar. De ahí, lo sugestivo de la imagen de la partida de ajedrez al final de la novela. Es como si entre líneas se insinuara que el camino a sí mismo es la completa incertidumbre. En este punto, termina la novela. Por algo, el personaje silba en las últimas líneas, desconectado de Maya y de lo que era su seguridad. Entonces, como si su viaje apenas empezara, mira las estrellas. 

El cuarto: sólo lo alcanzan los elegidos. Entonces, el lector queda con la sospecha de que el personaje se preparó para esta última fase, y es viajar sin rumbo fijo, es decir, al olvido, como le ocurre a los viajeros después de errar por muchos días. Es el viaje que muestra la relación estrecha entre la naturaleza y el inconsciente y es esa relación la que guía al viajero. Como le ocurrió a Ulises, a Horacio, a Diógenes, entre otros. 

Resumiendo, esta novela es la invitación a un viaje al mundo interior de un escritor que va a dentro y fuera de sí, con tal agilidad, que las referencias que allí aparecen construyen una atmósfera melódica muy variada e interesante. Algunos ejemplos: Get Up Stand Up de Bob Marley, Harmony of the spheres de Joep Franssens, Philip Glass y Ravi Shankar, Chet baker con Gerry Mulligan, Dark side of the moon Pink Floyd, Te deum Arvo Pärt… 

En definitiva, apreciado lector, Sinfonía estelar es un viaje iniciático a otros viajes.

Tanto este libro, como otros más, podrás encontrarlo en Gira la lectura Fiesta de la Literatura local-Girardota 2016. Primera fiesta del libro que se hará en el municipio en los días 20, 21 y 22 de octubre. Habrá talleres, conversatorios, ponencias y conciertos.

Lector, queda cordialmente invitado a este viaje cósmico. Si deseas contactar al escritor para solicitarle un libro lo puedes hacer por Twitter: @mh_starsinfoni